Sobre AGI, Q* y sus capacidades presuntamente alcanzadas
- Daniela Malqui

- 5 dic 2023
- 2 Min. de lectura

En los últimos años hemos sido testigos del avance vertiginoso de la inteligencia artificial, especialmente con modelos como ChatGPT o Gemini. Sin embargo, la conversación comienza a cambiar: ya no se trata solo de generar texto o imágenes, sino de dar el siguiente gran paso. Ahí es donde entra en escena la AGI Q.
La AGI Q (Artificial General Intelligence Q) se perfila como una forma de IA general, es decir, no limitada a tareas específicas, sino capaz de razonar, aprender y adaptarse como lo haría un ser humano... o incluso mejor. Es un modelo que aspira a tener comprensión del contexto, toma de decisiones complejas, pensamiento abstracto e incluso conciencia situacional.
Este salto tecnológico, aunque todavía en fase teórica o experimental, marca un punto de inflexión: podríamos pasar de asistentes inteligentes a auténticos “colegas artificiales” capaces de liderar proyectos, resolver problemas multidisciplinarios y operar con altos niveles de autonomía.
Pero este avance no viene sin desafíos. El artículo subraya varios aspectos críticos:
Técnicos: Aún no tenemos la infraestructura, los datos ni los algoritmos completamente desarrollados para una AGI funcional y segura.
Éticos: ¿Quién controla una IA que puede tomar decisiones por sí sola? ¿Qué valores guiarán su comportamiento?
Sociales: La AGI podría alterar radicalmente el empleo, la educación, la política e incluso nuestra identidad como especie pensante.
Por eso, se hace un llamado urgente a no dejarnos deslumbrar solo por la innovación. La AGI Q plantea una gran promesa, sí, pero también una gran responsabilidad: debemos diseñarla con transparencia, regulaciones claras y un marco ético global que anteponga el bienestar humano.
En definitiva, estamos frente a una tecnología que podría ser tan revolucionaria como el descubrimiento del fuego o la creación de internet… pero cuyo impacto dependerá de cómo decidamos usarla.




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